Hace algunos años tuve una visión que cambió radicalmente mi mirada sobre el lenguaje. Me encanta el idioma, me encanta la palabra. Creo que la expresión verbal -que luego fue transformada en testimonio escrito- es la base de nuestra memoria externa llamada cultura. Sin embargo, en la visión observé cómo las personas nos acercamos unos a otros bajo la excusa de la palabra. Con estos extraños ruidos que emitimos, al igual que una foca o un pajarillo, nos escudamos. Las palabras resultan ser el pretexto para hacer lo que queremos.
Hace seis años atrás mi vida era otra, me dedicaba a otra cosa, y comencé un blog, llamado «Selecciones», donde me escudaba en palabras, imágenes, sitios y sonidos de otros, para expresar lo que quería. Siempre dije: En mi blog no hay una sola palabra sobre mi, solo son selecciones de lo mejor que he encontrado en Internet. Sin embargo, ahora miro esos seis años de palabras silenciosas y me doy cuenta que en el fondo han expresado mejor quien soy yo de lo que podría haberlo hecho a propósito.
Cambié de trabajo, cambié de pareja, cambié de casa, cambié de piel, mi forma de mirar la vida y de comunicarme con el mundo, lo dejé todo, menos mi blog. No lo noté hasta un par de meses atrás, pero gran parte del mundo que vivo ahora es fruto directo o indirecto de ese blog, de mis palabras, de haberme conectado con ese amor por comunicar, de expresar, de mantener un testimonio escrito de lo que me gusta conversar. Que al fin y al cabo este nuevo sitio-blog no es más que eso: Una extensión asincronica de mi conversación.
Hoy, al cumplirse seis años de vida de mi blog, lo mato. Pero es una muerte para resucitar. Una muerte de la semilla que me llevó a ser el árbol que da frutos hoy. La muerte de un blog que se escondía detrás de las palabras de otros, al renacimiento de un blog con palabras propias y también con palabras de otros, que ahora siempre estarán acompañadas de mis palabras.
Las Palabras
Pablo Neruda
Todo lo que usted quiera, si señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció… Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.
Del libro: Confieso que he vivido: Memorias.
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