Defiendo reiterativamente el derecho de acceso libre a la cultura, y la máxima demostración de esto son las bibliotecas. En las constituciones de la gran mayoría de los países se establece que la producción cultural de la nación le pertenece a todos los ciudadanos, y que el derecho de autor, entendida como la licencia de exclusividad que le da permiso al creador de obtener beneficio económico de su obra es un derecho limitado. De esta manera, a nadie se le habría ocurrido cerrar las bibliotecas porque violen el derecho de autor, ya que en este se indica que no se puede prestar un libro.
Toda creación proviene de pasado y todo acto creactivo es un «subproducto» de creaciones anteriores. En otras palabras, todo es un remix.
Otro día profundizaré en el tema, pero sucede que hace muchos años, antes de que se masificara Internet, en defensa de este derecho básico yo me dedicaba a la duplicación de CD’s. Y un día, de mano de una amiga, llegó un tesoro llamado «El juego de los cuentos» de Jorge Bucay, una cajita, que aparte de contener varios discos con el libro «Recuentos para Demián» relatado por el propio Bucay, tiene una pequeña rueda que permite jugar, a modo casi terapéutico, con los cuentos.
Hace algunas semanas me reencontré con el juego, y así como jugando, no recuerdo si a mi o a Mónica, nos salió este bello cuento:
El verdadero valor del anillo
Un Cuento de Jorge Bucay
Un joven concurrió a un sabio en busca de ayuda.
– Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar maestro? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
– ¡Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mis propios problemas!. Quizás después… Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
– Eee… encantado, maestro -titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas-.
– Bien -asintió el maestro- Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho agregó: Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo para pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.
En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, así que rechazó la oferta.
Abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
¡Cuánto hubiese deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro! Podría habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y su ayuda.
– Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir 2 ó 3 monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
– ¡Qué importante lo que dijiste, joven amigo! -contestó sonriente el maestro- Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
– Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo
– ¡¿58 monedas?! -exclamó el joven-.
– Sí, -replicó el joyero- yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… Si la venta es urgente…
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
– Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo- Tú eres como este anillo: una joya única y valiosa. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto.
¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.
Fotografía (cc) de: Daniel Y. Go