¿Cambiar al mundo o cambiarme a mí?

 

Este artículo lo escribí hace dos años. Siempre soy un poco autoreferente. Creo que no hay forma de no serlo. La objetividad es una excusa para justificar e imponer tu subjetividad.

Entonces, en ese momento solo quería compartir los pocos asideros que he encontrado frente a la dificultosa pregunta de saber cuándo quedarse y cuándo irse.

 

Adaptación o selección: Cambiar al mundo o cambiarme a mí

Publicado originalmente en Octubre de 2011 en Revista Somos

No existe una receta universal para la toma de decisiones, pero los seres humanos tenemos problemas en común. Aquí proponemos algunos elementos a tener en cuenta frente a las recurrentes dudas que provoca la posibilidad de cambio en nuestras vidas.

Por J. Cristóbal Juffe V.

Sin importar cuál sea el proceso en que estemos, el periodo de la vida o el lugar en que nos encontremos, tarde o temprano llegamos al punto de la decisión que nos despierta las más profundas dudas: ¿Qué debo hacer? ¿Qué quiero hacer? ¿Qué voy a hacer?

De forma reiterativa, en mi vida, en mis propias experiencias y en las crisis que otros y otras han compartido conmigo, aparece el mismo dilema, ¿Adaptación o selección?

A todos nos pasa

Puede ocurrir en cualquier situación; por ejemplo, en una relación de pareja en la cual ya no sabemos si es costumbre o es amor, si lo “correcto” es luchar por la salvación de la relación a cualquier precio o si tal vez simplemente deberíamos cerrar el capítulo.

También puede ocurrirnos con un trabajo, que, por ejemplo, en un principio nos atrajo, era la oportunidad que deseábamos, pero ya no damos más con las sobreexigencias y el abuso, el ambiente laboral donde todo aparenta estar bien pero que en el fondo hay algo que nos molesta, o simplemente no soportamos el espacio físico de la oficina. ¿Hasta cuándo es “sano” quedarse?, ¿hasta dónde corresponde aferrarnos a nuestros planes?

Puede ocurrirnos con el lugar en que vivimos, por ejemplo, en una ciudad donde tenemos muchas de nuestras relaciones sociales y familiares, donde tenemos “nuestra vida hecha”, pero que constantemente nos desagrada y nos enferma con su contaminación, deshumanización, largas horas de traslado de un punto a otro. ¿Cuánta energía corresponde invertir en cambiar y hacer de éste un lugar mejor? O ¿cuándo llega el punto en que simplemente corresponde tomar la decisión de hacer las maletas y buscar otro lugar?

Lo mismo puede ocurrir al interior de nuestras relaciones familiares. ¿Cuánto debemos tratar de adaptarnos a vivir con los problemas cotidianos y los más profundos? Y ¿cuánto debemos luchar por intentar que el otro cambie?

El qué: Adaptación o selección

Cuando hablo de adaptación, me refiero a ese proceso en que intentamos hacer cambios internos, donde el esfuerzo está centrado en provocar una acomodación de nosotros mismos para encajar “a gusto” dentro del ambiente en que nos desenvolvemos, ya estemos hablando de la familia, el trabajo, la pareja, nuestro hábitat o todos estos.

Por otra parte, la selección es el mecanismo con el cual los seres humanos podemos “optar”, decir: “¡Basta!, esto ha sido suficiente”. Es la diferencia entre decir “Igual me como el helado de vainilla…” a decir “¡Yo quiero el helado de chocolate!”

El proceso de adaptación es la primera alternativa que se baraja en la decisión: Dejar todo como está en lo referente al “mundo exterior”, y centrarme en generar cambios en mí mismo para crecer, de manera que todo aquello que me molesta deje de hacerlo.

En cambio, selección significa estar dispuestos a poner un límite que nos protege, que nos puede mantener “iguales” en nuestro interior, pero provocar cambios en el mundo exterior. Algunos de estos cambios pueden amenazar seriamente algunas ilusiones cotidianas, como la seguridad o la sensación de control sobre nuestro entorno.

Mientras adaptarse significa asumir en gran parte la responsabilidad sobre el problema, lo que también puede traer acompañado sentimientos de culpa, es muy posible (aunque no necesario) que la opción de la selección nos lleve a descargar las responsabilidades en otros.

Por lo tanto, más allá de la decisión que se tomará, que se refiere al “qué” vamos a hacer, es importante tener en cuenta cuál es el motor que nos impulsa al cambio: El “por qué”.

El por qué: Autoexigencia o crecimiento

El cambio puede estar impulsado por muchos motivos, aunque el principal va a ser por estar disconformes con nuestra situación actual, ya sea porque “no es lo que deseaba para mi vida” o porque simplemente “esto no me hace feliz”, pero si uno pone atención a sus emociones y motivaciones, podrá distinguir si parte de ese deseo de cambio está impulsado por la culpa.

Por ejemplo, yo puedo intentar dejar de fumar, puedo hacer todos los esfuerzos por cambiar esa conducta, porque sé qué está mal, que me hace daño y cada día es más mal visto, pero es muy posible que ese cambio impulsado por la autoexigencia tenga un costo enorme, implicando un gran esfuerzo. Es posible que deje de fumar, pero la ansiedad que me llevaba al cigarrillo sigue estando ahí. La culpa es el mayor combustible de la autoexigencia. Por lo tanto, es recomendable detectar cuánto de lo que quiero cambiar corresponde realmente a un deseo mío -a una necesidad sentida- y cuánto corresponde a lo que yo creo que lo otros esperan de mí.

Si el cambio se da por crecimiento, viene desde adentro; el dejar de fumar es una consecuencia de mi cambio, de que he logrado tomar las decisiones adecuadas para sentirme bien, hacerme responsable de mi salud integral y, por lo tanto, se ha reducido mi ansiedad. Ya no tengo ganas de fumar.

Asimismo, me puedo quedar en un trabajo de prestigio y buen sueldo porque es “lo que se espera de mí”, es lo que “todo el mundo desearía”; sin embargo, hacerse responsable de uno mismo significa decir: “Quizás yo no quiero lo que todo el mundo quiere”, quizás en vez de estar lleno de dinero y trabajo desearía estar lleno de tiempo para disfrutar, con poco dinero, pero con la gente que quiero.

Por esto, también es recomendable mirar con sinceridad nuestro comportamiento, nuestras motivaciones, y observar el cómo estamos enfrentando la vida.

El cómo: Luchar o fluir

“Nunca se me resiste nada porque nunca intento derrotar nada. Soy un amante y no un luchador.”

– Deepak Chopra.

Es muy posible que todos hayamos sido convencidos, de que nos hayan repetido una y otra vez la idea de que la felicidad es el fruto del esfuerzo, que las cosas se construyen con sudor y trabajo. Estamos impregnados de una autoexigencia aprendida, de creer que debemos ponernos una meta y luchar, sin importar el costo, hasta obtenerla.

Pero hay otras opciones. Existe una mirada que dice que los seres humanos no somos carentes, que no hay motivo por el cual debamos sufrir: Cuando haces lo que te gusta, cuando haces lo que realmente necesitas, no hay esfuerzo, no hay exigencia.

Como dice la frase de Chopra, el “cómo” hacemos las cosas corresponde a la posibilidad de conectarnos con nuestro sentido de vida, con la pregunta: ¿Qué es lo que realmente quiero hacer?

Hace muy poco, leí un artículo que planteaba algo muy simple. Decía “Cómo encontrar tu trabajo ideal”, y todo se resumía en hacerse la pregunta: Piensa en qué harías sin cobrar.

A mi parecer, la idea es extrapolable a todas las áreas de la vida: Piensa con quién estarías sin esfuerzo, cómo sería el lugar donde vivirías tranquilo, cómo te gustaría que fuera tu familia, y entonces, se puede emprender el camino que, al parecer, no consiste en nadar río arriba, sino en dejarse llevar por la corriente.

Afrontar la vida desde el fluir, como un amante, que se amolda a la velocidad del mundo, requiere que pongamos toda nuestra atención, que nos hagamos conscientes de nuestros actos, de nuestras decisiones, pero también significa aceptar el presente para abrazarlo.

Una cosa son los planes y desear lo mejor para nuestra vida. Otra muy distinta es emprender una lucha diaria, que nos puede costar la salud (en el sentido amplio de la palabra), solo por aferrarnos a una idea de lo que queremos o alguna vez quisimos.

Por lo tanto, es esencial poder reconocer cuál es el objetivo que buscamos en nuestro cambio, en nuestro camino:

Para qué: Cambio o permanencia

Nada es permanente en el universo, pero nuestro cerebro cuenta con mecanismos para hacernos sentir seguros en mundo constantemente cambiante. La memoria nos entrega “un hogar” donde sabemos que lo que vemos hoy existía también ayer. Desde el temor que nos provoca el incesante rotar del universo, en que no sabemos lo que pasará hoy -¡No hay forma de saberlo!-, es normal buscar estructuras, abrazar la sensación de seguridad.

Constantemente buscamos la sensación de permanencia: Un trabajo estable, una pareja para toda la vida, un seguro de vida, sentirnos necesitados, dejar un legado, comprar algo (que es como extender el “yo” más allá de mi cuerpo: La sensación de que “mis cosas” son parte de mí).

Entonces, es muy posible que gran parte de la pregunta por la adaptación o la selección tenga que ver también con cuánto de lo que nos está molestando tiene que ver con esta lucha, con este intento de forzar las cosas, de tratar de cambiar el ritmo del mundo con el único objetivo de sentirnos más seguros.

¿Cuánto de lo que hago lo hago simplemente por el miedo al cambio? (ver recuadro). Porque una vez que nos entregamos al fluir del universo, solo hay una cosa segura: No hay posibilidad de permanencia. Significa soltar ese pequeño “salvavidas” de la sensación de seguridad, de la sensación de estabilidad, para sumergirse en el océano de la vida.

 

Recuadro Uno: Tipos de cambio

Según Paul Watzlawick, uno de los principales autores de la teoría de la comunicación humana, existen dos tipos de cambio, mirados desde la teoría de sistemas:

Cambio de primer orden: Es el que hacemos los integrantes al interior de un sistema (familia, oficina, grupo de amigos, pareja) que, independiente de su magnitud, está orientado a mantener el sistema funcionando tal como está. O sea, en el fondo, este tipo de cambio, aunque sea grande en términos de forma, está orientado a mantener la sensación de permanencia y, por lo tanto, no provocará cambios profundos en ninguno de los integrantes del sistema. Estos son los únicos cambios que pueden ser provocados desde la autoexigencia.

Cambio de segundo orden: Es el cambio que “desbarajusta” el sistema, haciendo que deje de funcionar como tal y que, por lo tanto, entrega posibilidades reales de cambios profundos para sus integrantes. Son aquellos que realmente ponen en jaque nuestras creencias y nuestros estilos de vida más arraigados; en el fondo, son los únicos que pueden dar una verdadera posibilidad de crecimiento.

 

Recuadro Dos: ¿Cómo tomo una decisión?

No hay forma de aconsejar a alguien frente a una decisión de cambio que implique la dualidad de adaptación o selección; sin embargo, hay un par de indicadores a tener en cuenta en el momento de tomar un opción:

¿Qué quiero conseguir con el cambio?
¿Esto está impulsado por la autoexigencia (el deber ser) o por una necesidad de crecimiento?
¿Cuál de las opciones implica mejorar mi salud, mi bienestar integral?
¿Cuál de las alternativas me entusiasma más?
¿Cuáles son los elementos que me dan miedo del cambio?
¿Cuánto de lo que estoy haciendo lo hago porque “lo planeé así”?
Tomar en cuenta qué es lo que “se espera de mí” y ver qué tan compatible es eso con “lo que yo necesito”.
Y nunca está de más hacer una pequeña lista con los pros y los contras de cada una de las opciones, considerando los elementos “externos” (factores económicos, comodidad, aceptación de los demás, etc.), pero también los elementos “internos” (cómo me siento con cada decisión, emociones, tranquilidad, etc.)

 

 

Fotografía de cabecera (cc) por: CrazyFast