Ha sido un fin de año lleno de actividades, lo que ha provocado que temporalmente dejé abandonado este preciado sitio. No pude evitarlo, pero ya estoy de vuelta y espero que no se repita.
Hoy comparto con ustedes un tema que para mi es muy relevante, la alimentación y la vulnerabilidad que tiene nuestro sistema alimentario actual.
Este artículo lo escribí originalmente para la Revista Somos, pero por las limitaciones propias de una revista impresa tuve que acortarlo mucho, por lo que ofrezco aquí, de forma exclusiva, una versión completa del artículo (con un 25% más):
La amenaza del plato vacío: transgénicos, desertificación, monopolio y biocombustibles
Escrito por mi y publicado en la edición impresa de la Revista Somos en Agosto del 2012.
Esta versión es levemente diferente a la publicada en la Revista,
ya que contiene partes que fueron cortadas para satisfacer las necesidades de la edición impresa.
Cultivar nuestros alimentos, un acto tan íntimo y esencial para la vida durante miles de años, ha sido modificado profundamente, lo hemos dejado en manos de otros. Pese a que gran parte de la población no es capaz de definir lo que es un gen, la mayoría sabe que algo malo está pasando con los alimentos.
Por J. Cristóbal Juffe V.
La alimentación es un proceso muy sencillo que ha sido complejizado por una industria que muchas veces nos hace olvidar que básicamente consiste en tomar de la tierra los nutrientes que necesitamos: Nuestro combustible.
Durante millones de años el ciclo ha sido el mismo: Los vegetales, ayudados por los microorganismos y la energía solar, transforman los minerales del suelo y el agua en nutrientes utilizables por los mamíferos como nosotros; luego, los comemos, extraemos la energía necesaria y devolvemos esos mismos minerales a la tierra para que sean reacondicionados por hongos y bacterias, y luego el ciclo vuelve a comenzar.
Los mismos minerales, las mismas moléculas, son las que han hecho el recorrido una y otra vez, entregando energía a miles de generaciones de seres vivos de todas las especies, hasta ahora: Nosotros estamos rompiendo el círculo.
El derecho a alimentarnos
Más de sesenta años han pasado desde que nuestros representantes se atrevieron a soñar con un mundo más justo y firmaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero ni siquiera el derecho más simple, el de acceder a la comida, se cumple en nuestro desigual planeta.
Según datos del WFP (Programa Mundial de Alimentos), el hambre mata más personas cada año que el sida, la malaria y la tuberculosis juntos; hay cerca de mil millones de personas desnutridas en el mundo, es decir, más que la suma de las poblaciones de EEUU, Canadá y la Unión Europea. Una de cada siete personas en el mundo se irá a dormir con hambre esta noche y uno de cada cuatro niños en los países llamados “en desarrollo” tiene bajo peso.
Mientras tanto, un tercio de los alimentos del mundo terminan en la basura, principalmente en nuestras casas.
Para sacar a un niño de la desnutrición basta con un vaso de comida diaria, que solo cuesta ciento veinticinco pesos chilenos, sin embargo, al año se gastan más de 17 mil millones de dólares en comida para mascotas, una cifra muy cercana al monto necesario para terminar con el hambre en el mundo.
En el otro extremo, cerca de mil quinientos millones de humanos sufren de sobrepeso, situación que pone en riesgo su salud y provoca diversas enfermedades que causan más muertes aun que las que ocurren por desnutrición. (OMS 2011)
Algo estamos haciendo mal.
La sensación de seguridad
En nombre de la seguridad alimentaria, para salvaguardar la disponibilidad y el acceso a los alimentos, durante los últimos 80 años se han realizado cambios radicales en las formas de producción y distribución de nuestra comida, bajo la consigna de brindar nutrición a la creciente población del planeta.
Las políticas de seguridad alimentaria han establecido su completa confianza en el comercio, de manera que favorecen las políticas económicas de libre mercado que permitan la comercialización de alimentos desde diferentes partes del mundo hasta nuestra mesa. Para lograr esto, generalmente se realizan tratados comerciales que, a su vez, aseguren la rentabilidad económica del vendedor, sin importar que esto signifique la pérdida de derechos significativos para los productores locales.
Revolución verde
El primer cambio significativo a nivel global en este aspecto se dio entre los años cuarenta y setenta, con el proceso que hoy se conoce como “revolución verde». Si bien el nombre suena a ecología, es justamente lo contrario, ya que en este período se establecieron las bases de la actividad agrícola industrial actual: utilización de variedades mejoradas, implementación del monocultivo y maximización del uso de fertilizantes y plaguicidas.
En ese momento aparecieron gran parte de los pesticidas y herbicidas de alta toxicidad que se usan hasta la actualidad, entre ellos el Glifosato, uno de los herbicidas más usados a nivel mundial que es comprobadamente tóxico y es un derivado del “agente naranja”, un arma química utilizada durante la guerra de Vietman.
Las promesas de estos cambios en la forma de cultivo eran aumentar la producción y reducir la cantidad de mano de obra necesaria para la plantación y la cosecha, lo que se cumplió realmente, ya que el volumen de producción en los mismos terrenos se multiplicó entre dos y cinco veces.
Sin embargo, la explotación desmedida de los terrenos de cultivo trajo serias consecuencias: Desertificación por el monocultivo y la sobrecarga de los campos; contaminación de la tierra y el agua por el uso cada vez mayor de agroquímicos tóxicos; aumento y fortalecimiento de las plagas, ya que estas se van haciendo resistentes a los pesticidas; pérdida de variedad de especies, ya que los campesinos dejaron las semillas que habían utilizado por siglos; deforestación para uso agrícola-ganadero (hemos talado la mitad de los bosques que existían en el planeta a mediados del siglo XIX); dependencia, ya que la desertificación y el aumento de las plagas provocan que se requiera cada vez más fertilizantes artificiales, pesticidas, herbicidas e insecticidas, generando un círculo vicioso.
Hay que recordar que no existe ningún herbicida, pesticida ni insecticida artificial que no sea tóxico: Su naturaleza es matar seres vivos. A medida que aumenta su uso, se daña inevitablemente a las otras especies, incluido el ser humano.
Gran parte de los efectos negativos no fueron observados hasta varios años después de que comenzaran a utilizarse estas nuevas formas de cultivo, y no es sorprendente que muchos de los productos que en su momento fueron catalogados como “seguros” según la industria agroquímica posteriormente fueron catalogados como altamente tóxicos, cancerígenos y/o como causantes de malformaciones genéticas.
Ahora, los transgénicos
En la actualidad, bajo la misma consigna de “necesitamos más comida” y la nueva urgencia de producir biocombustibles para remplazar al cada vez más costoso petróleo, se plantea como algo también urgente la necesidad de mejorar la productividad agrícola, es decir, una segunda revolución verde, consistente en el uso de organismos genéticamente modificados (OGM) y un mayor uso de agrotóxicos.
Los OGM, también conocidos como transgénicos, son especies vegetales (por el momento, aunque ya se planean algunas especies animales) “mejoradas” mediante la implantación de genes de otra especie, para brindarle alguna característica especial.
Estas nuevas capacidades de los organismos vegetales, en la práctica consisten principalmente en dos: producir por sí mismo un plaguicida o ser resistente a un herbicida de la compañía que lo fabrica. Esas semillas son promocionadas como “listas para el herbicida”, es decir que a pesar de que estos herbicidas matan a cualquier tipo de vegetal, estas plantas son capaces de resistirlo, por lo tanto se puede rociar –con aviones- sobre el campo grandes cantidades de herbicida, y estas especies transgénicas sobrevivirán mientras todo lo demás muere a su alrededor.
Pareciera sacado de algún paranoico libro de ciencia ficción, pero estamos hablando de la comida que ingerimos a diario.
La crisis actual
El problema con los alimentos no solo tiene que ver con las semillas; es un mal extendido a lo largo de toda la cadena de producción y distribución. Si bien este tema da para escribir varios libros, deseo entregar un breve panorama al respecto:
Variabilidad y vulnerabilidad: Para evolucionar, las especies requieren de diversidad genética, pero con el monopolio de las semillas se reduce dramáticamente la cantidad de especies. Hace ciento cincuenta años los humanos nos alimentábamos de siete mil variedades vegetales; ahora, el setenta y cinco de nuestra alimentación depende de solo nueve especies.
La uniformidad genética es un riesgo, ya que hace que los cultivos sean muy vulnerables: si una plaga que ataca a una de esas especies se extiende, puede acabar con todos los cultivos. Si hay variedad, eso no ocurre. Es una situación muy peligrosa; según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), el setenta y cinco de las variedades vitales para la agricultura y, por lo tanto, para la seguridad alimentaria ya han desaparecido.
Semillas: Las semillas creadas por las compañías pertenecen a estas. Los usuarios que las compran solo pueden plantarlas una vez y no pueden obtener semillas para su uso: Están patentadas.
Pero las plantas se reproducen por el aire, se “cruzan” con otras especies, introduciendo sus genes, haciendo desaparecer a las especies nativas y creciendo sin permiso en tu terreno, por lo que podrían acusarte de robo. Y como estos vegetales no fueron diseñados para reproducirse, nadie sabe los efectos que pueden tener los “hijos” genéticamente inestables de estas especies.
Además, algunos OGM que producen sus propios pesticidas pueden ser tóxicos también para los seres humanos y animales que los comen, como lo han probado algunas investigaciones recientes.
La Plantación: Además del agravamiento de los anteriormente mencionados problemas de desertificación, aumento y fortalecimiento de las plagas, contaminación del aire y el agua, deforestación y dependencia, tenemos el alerta de los biocombustibles.
Como son una alternativa al petróleo, los cereales para combustibles son cada vez más rentables, mucho más que el alimento, lo que provoca que los mitos que han rondado por años se hagan realidad: Que no haya alimento suficiente. Ya que los granjeros se ven tentados a enfocar su producción hacia los combustibles en detrimento de los alimentos, a menos que los alimentos compitan con el precio del combustible, lo que sería desastroso.
Distribución: Las compañías que fabrican semillas son dueñas también de las empresas de agroquímicos y de las distribuidoras de alimentos, por lo que la regla es clara: Si el granjero no compra semillas, la empresa no le compra la cosecha, disminuyendo así las posibilidades de cultivos “disidentes”.
El monopolio actual es grave. Solo cuatro empresas controlan el setenta por ciento de los alimentos y no están siendo amables: En 2011 el precio de los alimentos subió de forma histórica: trigo 84% y maíz 63%. Las alzas no tienen relación con un aumento en los costos de producción: Están especulando con los alimentos básicos.
Una buena alternativa son los alimentos etiquetados como “orgánicos”, lo que debería garantizar un proceso totalmente “natural”. Esta industria emergente desde los años setenta no ha sido pasada por alto por las grandes compañías de alimentos, que actualmente han comprado la gran mayoría de las empresas de alimentos orgánicos en EE.UU. ¿Cuál es el problema? Que cuando empresas como Kellog, Coca-Cola, PepsiCo, Nestlé y Kraft entre otras pasan a ser parte de la “junta directiva de normas para alimentos orgánicos”, son ellos los que deciden qué es orgánico y qué no, y por absurdo que parezca, durante los últimos diez años han agregado más de 170 productos no-orgánicos a la lista de elementos permitidos entre los cultivos etiquetados como orgánicos, muchos de ellos directamente químicos sintéticos con efectos nocivos estudiados.
Además, las compañías se niegan a etiquetar los alimentos transgénicos, razón por la cual los usuarios no tenemos cómo saber qué estamos comiendo.
Consumo: Cuando el alimento se transforma en un bien de consumo, la única forma de que la población con mayor poder adquisitivo consuma más alimento del que necesita es reduciendo los nutrientes de los alimentos (light) y tentándolos a comer más de lo que necesitan.
Entonces, la industria ha recurrido a los estimulantes más fáciles: azúcar, sal, grasas y saborizantes. Productos que claramente son nocivos para la salud si se consumen en exceso. Cuando la población ya tiene sobrepeso, entran en juego los alimentos bajos en azúcar, sal y grasas, remplazando los sabores naturales por equivalentes que en teoría serían más sanos, por lo menos hasta que varios años después se realizan estudios serios al respecto y demuestran lo contrario.
Así, se fortalece el ciclo de comer en exceso alimentos con poco poder nutricional y, para compensar los efectos secundarios, contamos con toda una gama de vitaminas, complementos alimenticios y una línea de productos para facilitar la digestión de la basura que comemos, que podremos comprar en la farmacia local, al igual que las pastillas que en muy poco tiempo tendremos que tomar para la hipertensión arterial.
Y si queremos escapar de esto dejando de lado la comida envasada y volviendo a las verduras y guisos caseros, nos encontraremos con que en la actualidad un simple tomate tiene más de 8 tipos de neurotoxinas que dañarán nuestro cerebro y aumentan nuestras posibilidades de tener cáncer.
Esta es la seguridad alimentaria que nos ha brindado la fe ciega en un libre mercado que se autoregula.
La otra mirada
Como mencionaba en un principio, la naturaleza cuenta con un sistema de alimentación para todos sus seres vivos, que -como todos los sistemas naturales- es altamente resiliente y no requiere de energía extra para funcionar.
Nosotros hemos remplazado ese sistema natural por uno artificial, que es muy vulnerable y que requiere de una gigantesca cantidad de energía para funcionar, tanto en la “fabricación” de las semillas, en el cultivo, en la cosecha, en el transporte, en la elaboración de los alimentos, en su distribución y, más encima, en su descarte.
Por suerte, la solución se encuentra muy cerca, a solo metros de distancia, en el pedazo de tierra más próximo. Tenemos la oportunidad de restaurar el ciclo de los nutrientes. A través de acciones simples, podemos devolver la vida a la tierra y a nuestro cuerpo: baño seco (ver recuadro), compostaje y lombricultura.
Fácilmente podemos cultivar nuestro alimento en una huerta en la casa, en la terraza del departamento, en los terrenos abandonados cercanos o en huertas comunitarias. Asimismo, es posible conseguir alimentos verdaderamente orgánicos asociándonos como consumidores y comprándoles directamente a los pequeños productores, a la vez que los salvamos de ser devorados por las transnacionales de la alimentación.
No es tan difícil conseguir semillas orgánicas en las decenas de ferias de intercambio de semillas que se realizan a lo largo de todo Chile; es cosa de buscar por Internet.
En nosotros está transformar nuestro complejo y tóxico plato actual, lleno de conservantes, pesticidas, neurotoxinas y bajo en nutrientes (y muy desabrido) en una bandeja de alimento variado, de colores, olores y sabores naturales, llenos de vida, rebosantes de salud.
Y, sobre todo, cae en nosotros la responsabilidad de presionar a nuestros representantes para que por fin comprendan que los acuerdos comerciales no son sinónimo de seguridad, ya que se disuelven ante la oferta del mejor postor, mientras que los sistemas locales, autogestionados y variados son los que han resistido a lo largo de la historia de la humanidad. Necesitamos leyes para defender a los pequeños, ya que las grandes compañías tienen recursos para defenderse solas.
Debemos hacerlos entender que si queremos seguridad alimentaria, tenemos que fomentar, sobre todas las cosas, la capacidad de cultivar localmente de forma sustentable y volver a una relación íntima y consciente con nuestra comida.
Recuadro Uno: ¿Son dañinos los transgénicos?
Simplemente no lo sabemos. No hay estudios suficientes. Los transgénicos fueron aprobados en EE.UU. por presiones político- económicas, sin ser previamente investigados. Se inventó un principio llamado “equivalencia sustancial” que dice algo así como “el trigo modificado con genes de otras especies es lo mismo que el trigo normal”, que es igual que decir “un ser humano es lo mismo que un chimpancé (ya que compartimos el 99% del ADN)”.
En la actualidad, después de muchos años de uso de especies transgénicas, está saliendo a la luz una serie de problemas relacionados: El primero, que estas especies provocan un aumento del uso de los pesticidas y herbicidas tóxicos y, por lo tanto, crecen los efectos cancerígenos y mutagénicos en la población. Segundo, los genes transgénicos son inestables y se traspasan en muchos casos a las especies que comen estos alimentos, provocando múltiples enfermedades y anomalías.
No hay dudas de que la transgenia es una técnica que puede ser muy benéfica, pero lo que está claro es que faltan décadas de investigación antes que su uso sea seguro.
Recuadro Dos: Baño seco
¿Qué tiene que ver el baño con el alimento? Todo. Durante siglos (desde la invención de la alcantarilla) nos hemos dedicado a sacar nutrientes de la tierra a través de los alimentos y luego, en vez de devolverlos, los lanzamos al mar, destruyendo la vida marina. Nuevamente estamos cortando un sistema natural.
El baño seco se basa en un principio muy sencillo: No juntemos lo que la naturaleza separó. Así, en el baño seco, los desechos sólidos van a un estanque seco, y los desechos líquidos son disueltos en agua y van al regadío, idealmente de árboles. Los desechos secos se tapan con algún material orgánico seco y luego el balde lleno se guarda durante un año. Después, nuestros nutrientes estarán listos para enriquecer la tierra y comenzar un nuevo ciclo de alimentación, sin desertificar nuestros terrenos.
Aunque no lo crea, el baño seco no produce olor, no atrae moscas y, obviamente, no usa agua.
Recuadro Tres: Permacultura y agroecología
Existen múltiples formas de cultivo que respetan los ciclos naturales, pero una muy destacable es la permacultura, que se basa en el principio de que “nada entra y nada sale”: Usa los elementos del medio para generar su alimento, y los desechos son reutilizados, sin generar basura.
Los monocultivos requieren de mucho fertilizante y pesticida porque prescinden del sistema natural en que se encuentra una especie. Todos los seres vivos crecen naturalmente en ciertas zonas y nunca han requerido de un humano tirándoles veneno encima para sobrevivir. La permacultura aprende de esos sistemas naturales, por lo que genera plantaciones variadas de especies que se “apoyan” para su supervivencia, facilitando el crecimiento de las plantas y reduciendo al mínimo la intervención humana.
Otro ejemplo muy interesante es la agroecología, una disciplina científica (que actualmente se puede estudiar en Chile, en la USACH) que propone la aplicación de los conceptos y principios de la ecología al diseño, desarrollo y gestión de sistemas agrícolas sostenibles. En este sentido, lo agroecológico promueve la interacción entre la ciencia y conocimiento local, no solo centrándose en los cultivos, sino generando herramientas culturales para creación de comunidades sustentables en el amplio sentido de la palabra.
Recuadro Cuatro: Chile y los transgénicos
Mucho escuchamos hablar de los transgénicos, pero en realidad en nuestro país solo está permitido el cultivo de semillas transgénicas para exportación y no para el consumo directo de alimento. Sin embargo, gran parte de los alimentos procesados que comemos contienen especies transgénicas.
A pesar de que no existe una ley que obligue al etiquetado de estos productos, sabemos con certeza que más del 90% de la soya producida a nivel mundial es de origen transgénico; por lo tanto, cualquier producto que contenga soya o sus derivados (es decir, casi todo) es altamente probable que sea transgénico.
Existen algunas iniciativas legales tanto para liberar los cultivos transgénicos -es decir, que se pueda cultivar cualquier tipo de OGM- como para regularlos e incluso proponer que se requiera de un estudio de impacto ambiental en cada caso específico. Al parecer todas las leyes, tanto las a favor como las en contra, se encuentran estancadas en el Congreso. En manos de los ciudadanos queda el presionar para que estas iniciativas se desarrollen en una dirección u otra.
Fotografía de cabecera (cc) por: Jackie TL