Educar para la plenitud

Desde que las demandas estudiantiles lograron ser un tema de preocupación nacional he leído millones de artículos sobre la educación, la gratuidad, el lucro, los objetivos, etc., etc., etc… No sé si este artículo a estas alturas es un aporte, pero en el momento en que lo escribí planteaba una duda fundamental: ¿Qué entendemos por calidad en la educación? ¿PSU con puntajes más altos? ¿Mejores resultados en el SIMCE?

Soy un convencido de que hay que educar para la plenitud, y como padre en gestación, me cuestiono seriamente la posibilidad de que mi hijo/a entre a la educación formal.

Educación para la plenitud

Escrito por mi y publicado originalmente en Revista Somos en noviembre de 2011

La necesidad de calidad en la educación es una petición obvia, un derecho básico que tiene que estar disponible para todos. Esa es la lucha y la discusión en nuestro país en la actualidad. Sin embargo, también es un buen momento para preguntarnos qué entendemos como calidad en la educación.

Por J. Cristóbal Juffe V

Cuando profundizamos en los motivos por los cuales gran parte de la población quiere acceder a educación universitaria, nos encontramos con respuestas que están bastante lejanas al cultivo y desarrollo de las ciencias y las artes. La mayoría de las personas quiere tener un título porque representa la posibilidad de inclusión en un sistema económico que finalmente simboliza la calidad de vida: Darle a mis hijos lo que yo no pude tener.

Entonces, tratamos el tema de la calidad en la educación como un asunto de igualdad de oportunidades. Cuando se dice “Acceso igualitario a educación de calidad” se está diciendo que todos deberían tener la misma oportunidad de acceso a “título”, independientemente del origen social o las características de nacimiento. Toda forma de exclusión es inaceptable. Excepto una: La inteligencia.

Educación del cerebro

Universalmente se acepta la exclusión por inteligencia. Es decir, solo los mejores, los más capaces -sin importar raza, religión, educación de sus padres, ingresos económicos o lugar de residencia – deben acceder a la elite del conocimiento. Pero, ¿qué entendemos por inteligencia y por capacidad?

El concepto más común de inteligencia y capacidad se refiere al desarrollo de las habilidades intelectuales, principalmente las lógico-matemáticas. Todo lo demás parecieran ser “premios de consuelo” para los menos talentosos.

Para ejemplificar, quiero tomar un cuento relatado por Ken Robinson, experto en creatividad, en una de sus charlas: Conversando con un bombero, le preguntó en qué momento y cómo había decidido su ocupación. El hombre le contestó que siempre, desde pequeño, había querido ser bombero. Que cuando era niño era algo común, todos querían lo mismo; sin embargo, cuando se encontraba finalizando la enseñanza secundaria, reconocer su vocación en público era algo un poco vergonzoso, nadie lo tomaba en serio. Tanto así que un profesor que valoraba mucho los “otros” talentos del joven le había dicho, frente a toda la clase, que encontraba un desperdicio lo que estaba haciendo, que estaba perdiendo sus talentos en algo inútil e infructífero.

Justamente en situaciones como ésta, en la que el profesor -quizás con las mejores intenciones en su interior -desvaloriza aquello que al joven lo movilizaba, que lo llenaba por completo, es donde se ve gráficamente nuestra discriminación como sociedad, cómo valoramos más algunos talentos que otros. Sin embargo, el bombero concluye la historia relatando que un par de meses atrás había acudido a un llamado de un accidente automotriz, en el cual salvó la vida tanto de ese profesor como de su esposa. Finalmente, el hombre reflexiona: “Es posible que el profesor haya cambiado de opinión ahora”.

Educar para el futuro

El gran problema al planificar la educación es que no sabemos cómo van a ser los trabajos cuando los alumnos que están ingresando hoy a primer año básico salgan al “mercado”. Simplemente no lo sabemos ni tenemos forma de averiguarlo. Las habilidades más valoradas en la actualidad son la flexibilidad y la creatividad, las que son completamente dejadas de lado por el sistema educacional tradicional.

Nos empeñamos con insistencia en crear sistemas uniformes que matan directamente la creatividad, como decía Albert Einstein: “Es un milagro que la curiosidad sobreviva a la educación formal”. Somos tan majaderos con la disciplina y la idea de la formación, que olvidamos lo que los niños y niñas tienen para enseñarnos.

Creatividad

La creatividad necesita del pensamiento divergente, el que es diferente, aquel que cree que no solo existe una respuesta correcta, donde se integran diferentes áreas o disciplinas.

Pero la educación formal nos orienta hacia la visión de que existe solo una respuesta correcta, de que hay solo un camino. Nos lleva de manera directa a la educación del ser humano como si solo fuera un cerebro. Y no solo eso, sino que mayoritariamente se enfoca en un solo hemisferio de este órgano.

En ningún caso la educación formal actual está tomando al ser humano con un ser integral.

El error es la base del aprendizaje. Para cada acierto, hay que cometer muchos errores. Sin embargo, los sistemas pedagógicos castigan el error. Las equivocaciones implican un castigo en las evaluaciones. Por lo tanto, aprendemos a tener miedo al error. Es mejor el silencio. Es mejor no intentarlo.

Historia de fracasos

Una escena que recuerdo especialmente de la película “A beautiful mind” (“Una mente brillante”) que cuenta la historia de John Nash, ganador del premio Nobel de Economía, es cuando, al recuperarse de una esquizofrenia bastante seria, comienza a hacer clases en la universidad: Al momento de entrar, hace una pausa y alguien le pregunta: “¿Qué sucede?” A lo que él contesta: “Nada, solo que es primera vez que ingreso a una sala de clases”. Y no es que él no hubiera tenido educación formal, sino que simplemente se negó a asistir a clases, sosteniendo que en ellas solo podía aprender métodos y teorías que habían llevado a NO resolver los problemas actuales.

Más allá de la producción

Sin embargo, cuando hablamos de educación es importante poder mirar más allá de la producción; quizás es el momento de preguntarnos cuál es nuestra visión sobre el ser humano, cómo lo concebimos y qué esperamos de nosotros como conjunto.

Cuando observamos nuestro sistema educacional y nuestros sistemas laborales, podemos ver que tenemos una educación que nos enseña principalmente a hacer aquello que no nos gusta. A aceptar que hay cosas que son desagradables, que no nos gusta hacer, pero que son necesarias. Este modelo de vida es internalizado y llevado a nuestro trabajo. Vemos una gran mayoría de personas que no disfrutan de su trabajo. Y si lo miramos globalmente, el resultado de este proceso es desastroso.

Métodos

No solo tenemos objetivos obsoletos, tenemos metodologías obsoletas. Seguimos con un modelo de la educación como una fábrica, sin considerar las diferencias, las fortalezas y debilidades de cada uno. Tenemos en los supermercados setenta y cinco tipos de desodorantes, un aroma para cada gusto; para piel sensible, grasa o seca; en crema, en aerosol o en barra; para hombres y para mujeres, regulados por pH, etc., sin embargo, tenemos un solo tipo de educación (existen alternativas, pero son inaccesibles para la gran mayoría de la población). Una que no considera si aprendo mejor leyendo o escuchando, trabajando solo o en equipo, en la mañana o en la tarde, libre o con límites, sentado o en movimiento.

Por eso, me gusta la propuesta que hace Ken Robinson, el cambiar el modelo de fábrica a un modelo más cercano a la agricultura. Cambiar un sistema uniformador por un sistema potenciador, donde cada uno puede florecer según sus propias condiciones. Un huerto donde cada planta tiene necesidades diferentes, cuidados diferentes y, lo más importante, entrega frutos diferentes.

Pero este modelo requiere que enriquezcamos nuestra visión del ser humano. Que no miremos a los niños y niñas como cajas vacías que hay que llenar, sino como semillas que ya tienen toda la riqueza en su interior, que cuentan con las energías para crecer (impulso que, en el caso del aprendizaje, es la curiosidad natural de los niños), y que nuestro deber consiste en darle las herramientas y los “nutrientes” que ellos necesitan para desarrollarse como ellos quieren, no como queremos imponerles.

Educación para la vida

Yo llegué a la adultez sin saber respirar. Claro que respiraba, pero no respiraba bien. Nadie me había enseñado. Tampoco me habían enseñado a sentarme de forma que no me dañara, ni a caminar, y hasta el día de hoy me paro de una forma poco saludable.

Como sociedad hemos decidido dar catorce años de enseñanza obligatoria, quizás veinte si se accede a la educación superior. ¿No sería importante nutrir algo más que nuestro hemisferio izquierdo? ¿Cómo podemos hacer más integral la enseñanza?

Para pensar la educación, tenemos que preguntarnos también cual es nuestra concepción de la capacidad humana, y qué es lo que queremos como país, como sociedad, como humanidad. Si queremos apuntar hacia la calidad de vida es importante aprender en todas las áreas de la vida.

Mientras nos ciñamos a una visión de un ser humano limitado, educaremos para ello. Pero si pensamos en las necesidades reales del ser humano: de mejorar nuestras relaciones con las personas que nos rodean, de fortalecer nuestros sistemas locales, de generar alimento, de proteger y cultivar la salud y nuestra plenitud, inevitablemente tendremos que replantearnos la forma en que estamos educando.

Amar la trama

Nuestro modelo educacional clásico busca educar para una meta: Llegar a ser profesional y fin de la historia. Pero el mundo ha cambiado, ya no es así; un título no asegura nada. Nada asegura nada. Debemos cambiar el modelo de estudiar para un fin a un modelo que enseñe capacidades para vivir el presente, para flexibilizarnos, para adaptarnos, para elegir, para poder reconocer que es lo que nos gusta hacer y sacarlo adelante.

No podemos buscar una solución estándar o esperar que surja la idea revolucionaria que mejore la educación y la sociedad. Tenemos que buscar el espacio para escucharnos, para mirarnos, para ser creativos. Si queremos educar a los niños para un mundo del futuro que no conocemos, quizás debamos comenzar a mirar a esos niños y niñas. Conocerlos, como quien observa una planta en un huerto, mirar cómo crecen y ayudarlos a crecer, en vez de forzarlos a ser un producto estandarizado.

Quizás la mejor manera de educar a los niños tiene que ver también con re-educarnos nosotros. Quitarnos las trabas que hemos adquirido. Sacarnos la etiqueta de “producto terminado” y aceptar que, sin importar la edad que tengamos, somos seres en desarrollo.

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Recuadro Uno: La curiosidad

El Internet es más o menos nuevo, pero la idea en sí misma no lo es. Isaac Asimov, el gran novelista de ciencia ficción, dio una entrevista a fines de los años ochenta, en la que habla de la curiosidad como motor de la educación y de cómo las maquinas pueden humanizar la enseñanza: “Cuando tengamos computadoras en cada hogar, conectadas a enormes bibliotecas donde cualquiera pueda realizar cualquier pregunta y que se le den respuestas; y que se le brinde material de referencia, que sea algo en lo que tú estás interesado en saber desde una temprana edad, más allá de cuán tonto le pueda sonar a otro: Eso es lo que a ti te interesa. Puedes averiguar, hacer seguimiento y lo puedes hacer en tu propia casa, a tu velocidad, en tu dirección ¡A tu propio tiempo! ¡En ese entonces todo el mundo disfrutará el aprender!“

“Hoy en día lo que el mundo llama aprendizaje se da a la fuerza, y todos están forzados a aprender lo mismo, el mismo día, a la misma velocidad, en clase. Y todos somos diferentes; para algunos va muy rápido, para otros va muy lento, para otros va en una dirección errónea… Pero démosle una chance, como complemento de la escuela -yo no hablo de abolir la escuela, pero sí como un complemento de ella- para seguir su propia veta desde el principio…”

Entrevistador: ¿Qué pasa si yo solo quiero aprender sobre béisbol?

Asimov: ¡Bueno, eso está bien! Aprende todo lo que quieres acerca de béisbol, porque cuanto más aprendes sobre béisbol, más te verás interesado en las matemáticas para intentar averiguar que quieren decir con esos promedios de corridas y promedios de bateos. ¡Y tal vez entonces te interesarás más en las matemáticas que en el béisbol, si sigues tu propia veta, y nadie te lo impone! En la otra mano, alguien que sí está interesado en las matemáticas puede de pronto encontrarse muy entusiasmado por enfrentarse al problema de cómo tirar una bola curva. Y puede encontrarse a sí mismo enganchado en la física de los deportes, por decir algo. ¿Por qué no?

Recuadro Dos: Recuperar lo sagrado

Históricamente, el espacio de enseñanza y aprendizaje ha sido un espacio íntimo, cuidado, emocional y sagrado. Por esto, al reducir la educación a una transacción de intercambio de dinero por conocimiento se transgrede la esencia de lo humano.

Lo que nos diferencia como especie es la capacidad de poder almacenar conocimientos de forma externa. De poder transmitir lo aprendido a nuestras crías. El proceso de enseñanza y aprendizaje es la característica fundamental de nuestra especie.

Por ello, cuando hablamos de reformar la educación no solo hablamos de un elemento funcional, sino de una crisis trascendental de la humanidad. La crisis en la educación nos plantea la fundamental y básica pregunta: ¿Qué queremos hacer como humanidad?

 

Fotografía de cabecera (cc) por: Mooganic

Written by J. Cristobal Juffe V.