Cada vez que escribo «feliz» lo hago con acento en la i: felíz. El corrector de ortografía insiste con que estoy equivocado, le acepto sus argumentos (que consisten en un subrayado rojo debajo de mi palabra) y sin quererlo la próxima vez vuelvo a acentuar el vocablo inacentuado (extrañamente la palabra inacentuado está dentro del diccionario y la escribí bien, por lo menos no veo línea roja).
Este pequeño artículo es parte de toda una búsqueda de definir la felicidad, de entenderla, que algo de fruto ha dado.
El hombre más feliz del mundo
Artículo publicado originalmente en Mayo de 2011 en C.U.V.A.
Muchas horas, cada día, somos invadidos con diferentes mensajes que nos intentan convencer sobre diferentes formas de alcanzar la felicidad a través de la adquisición de algún producto o servicio que mejorará nuestra calidad de vida y nos llevará a ese estado que todos anhelamos.
Hace algunos años, en la universidad de Wisconsin en EEUU se realizó un estudio que podía “medir” mediante la actividad cerebral, el nivel de felicidad de las personas, arrojando un resultado muy específico: La persona más feliz del mundo (medido hasta el momento) es Matthieu Ricard.
¿Qué tiene Ricard que lo hace ser el hombre más feliz del planeta? ¿Mucho dinero? ¿Una gran casa? ¿Un vehículo último modelo cada año? ¿Placer al alcance de la mano?. No. Ricard ha pasado varios años de su vida sin ningún bien material (excepto su ropa) en una habitación de 2 metros cuadrados, sin nada que se asemeje a los productos que nos ofrecen invasivamente cada día para alcanzar la felicidad.
Matthieu Ricard es un monje budista, nacido en París, doctorado en genética molecular, pero que en el año ’72 se trasladó a los himalayas, y nos puede decir fundamentalmente dos cosas sobre la felicidad:
Que no la confundamos con el placer. El placer depende de un objeto, sujeto, lugar y circunstancias. Cambia. Mientras que el primer pedazo de pastel nos entregará placer, el décimo nos dará arcadas. El placer es interno: Puedes sentir placer al lado de alguien que sufre.
La felicidad es cultivable. Es una capacidad mental. Eso es lo que hacen los monjes al meditar. Aprenden un estado mental de felicidad.
Así Ricard plantea que al igual que como entrenamos nuestros cuerpos en el gimnasio, o nuestros cerebros en racionalidad en los sistemas educacionales, podemos enseñarle a nuestra mente a cultivar felicidad, a producir un estado de felicidad interior, que se refleje hacia el exterior y que se expanda hacia las personas que nos rodean.
Saludos,
J. Cristóbal Juffe V.
Fuentes:
Fotografía de cabecera (cc) por: seyed mostafa zamani