La puerta

 

La semana pasada tuve la bendición de asistir al «Raíces de la tierra», ahí entre muchas sabidurías preciosas, tuve la oportunidad de escuchar a Kahuna Kalei’iliahi, líder espiritual de la Isla de O’ahu Hawaii. De todo corazón nos habló de que el amor es la fuerza más poderosa del universo. De que el amor es la luz. Pero la oscuridad no es el odio, ni la rabia… la oscuridad es el miedo, que son solo fantasmas que se desvanecen ante la luz del amor.

Me tocó muy adentro su metáfora: Si tenemos dos habitaciones, una con una luz encendida y una en la oscuridad, al abrir una puerta entre las dos no será la oscuridad la que avance hacia la luz, será la luz la que llenará todo el cuarto oscuro hasta desvanecer su oscuridad.

Este es un cuento que escribí yo, que no tiene mucho que ver con esto:

 

La puerta

Por J. Cristóbal Juffe V., Inédito.

 

Su mujer le habló sobre el lavaplatos de la cocina, nuevamente estaba goteando. Cuando la descripción de la inundación ya estaba llegando a los escalones de la cocina se interrumpió, avergonzada: ¡¿Pero cómo te fue?!

Berto, un poco pálido y mareado, balbuceó algo inentendible.

– ¡Mi amor! No es cuestión de vida o muerte, no te pongas así.
– No puedo seguir en esto… – selló el irreprochable marido, cerrando los ojos e inhalando profundamente.

Adela no estaba acostumbrada a ambigüedades, ella se casó con un hombre de gustos sencillos y actos predecibles: ¿Ya no quieres seguir con la postulación?

El solo parpadeó.

– ¿Tan terrible fue la entrevista?

Ella sabía que el proceso de selección sería difícil, un cargo así requiere despejar toda duda: Nadie debería entregar ese poder a alguien sin conocer hasta el último detalle de su vida. Pero ella sabía que su marido estaba a la altura, porque en el fondo él no tenía nada que esconder.

– Ya no puedo seguir con lo nuestro

El mundo que siete palabras atrás parecía tan solido y estable para Adela comenzó a dar vueltas. Por un instante flotó ante sus ojos una Adela pequeña, de seis o siete años, tratando de reconstruir con cola fría un gigantesco jarrón de porcelana de su abuela, tiritando de miedo. -Berto… Estás agotado… por qué no descansas y hablamos esto mañana en la mañana.

Él se pasó ambas manos por la cara como si estuviera limpiando una pesadilla de su recuerdo. Dio un paso atrás, hundiendo sin querer su calcetín en un charco que aun quedaba en la cocina a pesar de los esfuerzos que había hecho Adela por secar. Ese frío subió por la pierna y salió por la boca: – Esto se acabó.

– Antes de ir a la entrevista final tendrá usted, señor Candio, que pasar por una auto evaluación.

Pensó que se refería a uno de esas pruebas en que uno se calificaba en una escala de uno a siete, o de uno a cinco, en diferentes categorías de desempeño profesional y de cualidades personales; A la vez que a su mente vino sin razón aparente el recuerdo de sacar punta a un lápiz.

– Necesito de su consentimiento, ya que es una evaluación que puede ser un poco dura – precisó el funcionario.

– ¿Las preguntas son muy intimas? – indagó el hombre.

– No, no hay preguntas. Por favor lea el formulario.

“Yo _______________ señalo que ingreso libre y voluntariamente a la habitación de auto evaluación, liberando a la corporación de toda responsabilidad sobre los posibles efectos emocionales, psicológicos, físicos y/o sociales que puedan ser atribuidos como efectos directos o secundarios de esta evaluación. Asimismo señalo conocer los riesgos de desestabilización emocional asociados a la evaluación”.

– Usted sabe las responsabilidades que tiene el cargo, no podemos correr el riesgo de que la persona que lo asuma tenga secretos – cerró el funcionario indicando con su dedo índice el lugar donde debía ir la firma.

Puso su nombre y firmó: – ¿Tengo que contarles sobre mi vida privada? ¿Mis secretos?

– En la habitación de auto evaluación no habrá nadie más que usted. Por favor ingrese por la puerta que tiene su nombre.

El hombre se acercó, dubitativo, a la puerta con la etiqueta: “Candio, Berto” y tomó el picaporte… y se permitió, como pocas veces en la vida, dudar: – ¿Pero qué es lo que hay ahí dentro?

Yo nunca he entrado, pero he visto gente salir, y lo único que le puedo decir es que ahí dentro solo estará usted, pero que esa pieza estará llena de usted, de su vida, de sus recuerdos, de si mismo. Esto no es para que nosotros conozcamos sus secretos… -hizo una pausa, miró el suelo por un instante y volvió a mirar a Berto a la cara- es para asegurarnos de que usted mismo no se está engañando.

Pasaron cinco segundos eternos en que el funcionario no pudo sostener más su mirada, luego Berto giró el picaporte, y justo antes de entrar a la habitación sintió el silencio absoluto que emanaba de esa pieza, recordando la manilla de la puerta de su casa y el breve alivio que sintió esa mañana al cerrar la puerta y salir sin que Adela notara siquiera que él se había levantado.

 

Fotografía de cabecera (cc) por:  Marc G.C.